Perritos aristócratas
Muchas razas de perros se caracterizan por la belleza de su pelaje y por su expresividad elegante son los llamados “aristoperros” parecen ser extraídos de un museo. Estos perritos, suelen ser de raza de poca altura, que permite acompañar a su amo a todas partes. Veamos algunas de estas razas.
El maltés
Aristócrata, pero no esnob
¿Quién es este perrito que se mueve bajo una cascada de pelos blancos? El perro de lanas maltés tiene clase, de eso no hay duda. Algunas personas incluso le hacen llevar lazos, ¡para que vaya mejor… ataviado!

Al maltés le gusta la comodidad y busca el calor de los sofás mullidos. Sin embargo, si te pones a jugar en el jardín, pronto lo verás aparecer con su aire pícaro y avispado. Mira como hace locuras en la hierba: ¡es incansable! «Es nuestra mayor alegría», dicen las personas ancianas que tienen uno. Pero ello no debe ser una excusa para mimarlo demasiado, aunque le guste. Malteses o rizados, los cachorros son hermosos bebés ensortijados.
En el jardín se lo pasa en grande. Sin embargo, ¿cómo evitar que se ensucie su largo pelaje de más de veinte centímetros? Nada más fácil: basta con envolver sus pelos, mechón por mechón, con papel de seda. Con estos papillotes, quizá la gente se burle un poco de él, ¡pero al menos será un perro libre y feliz!
El bichón rizado
El burgués «gentilperro»
Gusta más a los chicos, porque tiene un aspecto menos «endomingado» que el maltés. Ah, y su pelo en espiral no lo ha rizado ningún peluquero, ¡es natural!
Después de ser el ojito derecho de las marquesas, el bichón rizado fue, en el siglo pasado, el amigo de los saltimbanquis, los organilleros y los ciegos: ¡gracias a sus piruetas éstos podían llenar sus gorras! Sin embargo, no se limita sólo a provocar admiración. Travieso y provisto de «muelles», lo que más le gusta es saltar a tus brazos, ¡sin tomar impulso!

El maltés es el antepasado de todos los bichones y siempre ha tenido el mismo aspecto. En la tumba de Ramsés II, se encontró una estatuilla de él, ¡que data del año 1300 a.J.C., Aristóteles en el siglo IV a. J.C. decía que estaba muy de moda. Más tarde en el siglo I, Marcial, en Roma, lo describía en términos poéticos.
En todas las épocas, ¡siempre estaba entre las piernas o en los brazos de reyes y princesas! A partir del siglo XV, entra en escena el bichón rizado. Nacido del cruce con un caniche, tuvo, también, un gran éxito en las cortes europeas. Los otros dos bichones: el habanés y el boloñés, muy parecidos a los anteriores, pero mucho más raros, también frecuentaban las cortes.
Para que los bichones estén siempre soberbios, hay que cepillarlos cuidadosamente todos los días. El secreto de su blancura consiste en lavarlos con champú una vez cada mes, utilizando además, para el maltés, talco y aceite de almendras dulces. Asimismo, hay que lavar regularmente sus delicados ojos con agua hervida o destilada.
El yorkshire terrier
Un ratero convertido en dandi
A veces parece una muñeca, con su lacito en la cabeza. Sin embargo, mira cómo corre y hace locuras en el jardín: ¡es un auténtico perro, que necesita gastar su energía como los demás!
Su éxito en los salones no se le ha subido a la cabeza. Después de todo, el yorkshire terrier es un antiguo cazador de ratas.

Junto a los obreros, a principios de este siglo, conoció la dura vida de las fábricas inglesas de hilados y de las minas de hulla. Colándose en sus madrigueras, sabía asimismo desalojar a los conejos y así contribuía a mejorar la alimentación de las familias pobres.
Los cachorros nacen completamente negros, con algunas manchas alrededor de los ojos y en las patas. Su pelo está completamente alborotado. Unos meses más tarde, el negro se vuelve gris acero mientras que la cabeza y el pecho adquieren cálidas tonalidades doradas.
De hecho, hay dos maneras de vivir con un yorkshire. Se puede dejar su cara de pillo tal cual sin hacerle ningún peinado especial, o bien se puede adornar con lazos su preciosa melena de reflejos dorados y plateados, para hacer de él una auténtica joya de exposición. Pero ¡ojo!, la belleza requiere todo un rito: baños frecuentes, cepillados diarios, colocación de papillotes para proteger sus pelos, tratamiento con aceite de coco… Por lo tanto, tórnatelo con calma, hazle una gran raya en medio del lomo y, por último, no te olvides de sujetar sus “cabellos” con un pequeño pasador o con un lacho. No es una simple coquetería: ¡un flequillo demasiado largo irrita sus delicados ojos!
Aunque sean verdaderos peluches, no dejan de ser un ser vivo y como tal hay que tratarlos y cuidarlos.









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